Se cumplen hoy 3 de abril, justamente de hace tres años, de la llegada a los campos del Señor de Rubén Darío Vega.
No sabemos si su nombre fue tomado en su Laguna Paiva natal del genial “Príncipe de las Letras” nicaragüense o simplemente fue una coincidencia.
Y Ud. seguramente se preguntará que tiene que ver una cosa con otra. Primero, el magnífico poeta y prosista, además de ello, era periodista. Y si de periodismo, poesía y deporte hablamos, acaso no merece analizarse conjuntamente una filigrana de Diego, el gol a los ingleses, un arabesco de la “Pulga” y su presencia en más de 1.300 goles, el amor por alguien que no ganó nada – si es que estar en la F1 ya no es una victoria por si misma – un tal Colapinto. Darse golpes no tiene tanto encanto, pero no era una fantasía poética acaso como Nicolino esquivaba cañonazos? O Porta tiraba unos misiles que invariablemente terminaban en conversiones? el “Manu” se arrollaba como una manguera para pasar entre una montaña de negros con cara de verdugos. Y hay más, hombres y mujeres en todas las disciplinas que escribieron y lo siguen haciendo, verdaderas maravillas.
A su modo, nuestro personaje también tenía esa condición: era el poeta del esfuerzo. Con su cuadernito y su grabador llegaba a todas partes: no faltaba a nada. Su ausencia en cualquier escenario, despertaba extrañeza. Y era capaz de pararse a la vera de la Ruta 3 para hacer dedo en busca que alguien lo acercara a su destino fuera de la provincia.
Su humildad, su amistad, su colaboración con todos eran también una oda de generosidad.
En mi evaluación personal de colegas de leyenda lo ubico en el mismo sitio que al Negro Gómez y el “Cholo” Pavón, con respeto hacia otros que también son merecedores de mi reconocimiento.
Ayer, 2 de abril, fue una jornada para honrar héroes. Sin entrar en paralelismos absurdos, nuestro homenajeado de hoy lo fue en el periodismo deportivo. Aún con problemas y dificultades físicas, jamás “arrugó”. Y su distinción mayor ha sido que en todos los órdenes su valía sea reconocida por propios y extraños, aunque para él casi no había extraños.













